Daniel “Peki” Ortigoza llegó a Estancia La Pelada cuando tenía apenas 15 años. Nacido en Entre Ríos, comenzó trabajando en el parque y con el tiempo aprendió los distintos oficios de la ganadería. Hoy, 46 años después, continúa vinculado a la producción, la inseminación y el trabajo con los animales, además de haber recorrido las principales pistas ganaderas del país.
Hay historias que no aparecen en los catálogos de una cabaña ni en los resultados de un remate, pero que explican buena parte de lo que sucede detrás de una empresa ganadera. Son las historias de quienes pasan décadas aprendiendo un oficio, conociendo los animales, interpretando sus movimientos y transmitiendo lo aprendido de una generación a otra.
La de Daniel “Peki” Ortigoza es una de ellas.
Hace 46 años que trabaja en Estancia La Pelada. Llegó cuando apenas tenía 15 años y, desde entonces, buena parte de su vida quedó ligada a la empresa.
“Entré de muy chico, teniendo casi 15 años. La verdad que para mí es una vida la empresa”, cuenta.
Nacido en Entre Ríos, Peki llegó a La Pelada con una afinidad que ya traía de su historia familiar: el caballo y la hacienda. Sus primeros pasos fueron en el parque del establecimiento, donde permaneció aproximadamente un año. Pero rápidamente encontró su lugar entre los animales.
Del parque a aprender el oficio ganadero
Aquel adolescente que ingresó a trabajar siendo casi un niño fue incorporándose progresivamente a las distintas tareas de la actividad ganadera.
El caballo fue una de sus primeras herramientas y también una de sus grandes pasiones. Con el tiempo, y acompañado por trabajadores con más experiencia, fue aprendiendo los secretos de un oficio que no se estudia solamente en los libros.
“Pude estar con gente que me ayudó y me enseñó. Fui aprendiendo también la parte de ganadería”, recuerda.

Hoy participa de diferentes tareas vinculadas con la producción. Inseminación, extracción y manejo de hacienda forman parte de su trabajo cotidiano, pero también continúa ligado a las actividades tradicionales: trabajar a caballo, entrar a las mangas y recorrer los rodeos.
Son tareas que requieren experiencia y, sobre todo, conocer a los animales. Después de más de cuatro décadas, ese conocimiento se construye también a partir de la observación diaria.
De las mangas de La Pelada a las grandes pistas
El oficio también lo llevó a recorrer algunas de las principales exposiciones ganaderas de la Argentina. Corrientes y Palermo son parte de ese recorrido, donde durante años le tocó presentar animales y representar el trabajo de la cabaña.
Peki reconoce que buena parte de lo que aprendió en las pistas fue mirando.
“Fui aprendiendo, mirando a los que sabían. Les robé algunas cosas a los que saben y por ahí no se dieron cuenta”, cuenta entre risas.
La frase resume una forma de aprendizaje propia del campo: observar, prestar atención y repetir hasta que la tarea se transforma en experiencia.
Con los años también aprendió a interpretar el comportamiento de los animales que salen a una pista. Porque, según explica, algunos ejemplares parecen entender perfectamente que están siendo observados.
“Hay animales que ya saben qué están haciendo. Cuando tienen dos o tres años se presentan de otra forma”, explica.

Detrás de un animal que camina por una pista y se muestra ante los jurados hay entonces mucho más que genética y preparación. También existe el trabajo de las personas que durante meses conocen sus movimientos, los preparan y aprenden a llevarlos.
“Para mí es una vida la empresa”
Después de 46 años, la relación de Peki con La Pelada trasciende ampliamente un vínculo laboral.
Su historia se construyó dentro de la empresa, entre generaciones de trabajadores, animales, caballos y viajes a exposiciones. Allí aprendió buena parte de lo que sabe y también fue transmitiendo conocimientos a quienes llegaron después.
Por eso, cuando se le pregunta qué significa La Pelada para él, la respuesta aparece casi naturalmente.
“Estoy agradecido a la empresa, a los señores dueños y a todos los que me ayudaron, todos los que se preocuparon porque yo siga acá y siga aprendiendo cosas”, dice.
Y esa última palabra quizás sea la que mejor define su presente. Porque después de 46 años, Peki todavía habla de seguir aprendiendo.
“Y sigo trabajando y, bueno, seguir aprendiendo. Si Dios quiere, por mucho tiempo más.”





