La incorporación de drones en las aplicaciones agrícolas ya dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad concreta en los campos argentinos. Así lo dejó en claro Esteban Frola, consultor privado y referente en tecnologías de aplicación, durante una jornada técnica que combinó teoría y práctica realizada en la Sociedad Rural de Santa Fe, la que despertó un marcado interés entre productores, técnicos y prestadores de servicios.

“El evento estuvo muy bien organizado, con mucha participación. Se notó un fuerte interés, sobre todo porque estamos hablando de una tecnología que no es cara y cuyo costo-beneficio es muy alto”, destacó Frola, subrayando uno de los principales motores de esta rápida adopción.

Una tecnología en expansión

El crecimiento del uso de drones en el agro es sostenido. Según Frola, su mayor potencial está en los cultivos intensivos, especialmente en la fruticultura, donde los altos volúmenes de aplicación y los problemas de deriva hacen que esta herramienta ofrezca ventajas claras. Sin embargo, también ganan terreno en sistemas extensivos gracias a equipos de mayor capacidad, que han mejorado significativamente la eficiencia operativa.

“Es una evolución constante. En intensivos va a arrasar, pero en extensivos también se ha incrementado mucho la capacidad de trabajo con drones más grandes”, explicó.

El cuello de botella: la capacitación

A pesar del entusiasmo, el especialista advirtió sobre un desfasaje preocupante: la velocidad de adopción supera ampliamente el ritmo de formación de los operarios.

“Hoy volar un dron es fácil, pero hacer una aplicación correcta de fitosanitarios es otra cosa completamente distinta”, remarcó. Y detalló que el proceso implica múltiples variables: desde la preparación adecuada de la mezcla hasta la definición de altura de vuelo, velocidad, tamaño de gota y condiciones ambientales.

El riesgo de errores no es menor. Las aplicaciones con bajo volumen —entre 8 y 15 litros por hectárea en extensivos— requieren mezclas altamente concentradas y biológicamente activas. “Si el caldo está bien formulado, es muy eficiente, pero también exige precisión y conocimiento”, agregó.

Una herramienta complementaria, no sustitutiva

Frola fue claro en un punto clave: los drones no vienen a reemplazar ni a la maquinaria terrestre ni a la aviación agrícola. Su rol es complementario y estratégico, especialmente en situaciones donde otras tecnologías presentan limitaciones.

“Se están metiendo en nichos: lotes chicos, zonas con arboleda, áreas cercanas a poblaciones o terrenos complicados por exceso de agua”, explicó. En ese sentido, destacó su valor en contextos donde el suelo no permite el ingreso de maquinaria o donde la aplicación aérea tradicional enfrenta restricciones.

También advirtió sobre la necesidad de sustentabilidad económica para quienes prestan servicios: “No pueden competir en precio con el avión o la máquina terrestre. Si bajan demasiado las tarifas, se descapitalizan y terminan fuera del negocio”.

Regulación: una deuda pendiente

El avance tecnológico plantea además un desafío regulatorio. Para Frola, la normativa debe acompañar este crecimiento, poniendo el foco en la capacitación obligatoria, la seguridad y el control de las aplicaciones, especialmente en zonas periurbanas.

“La legislación siempre corre de atrás. Pero hoy tenemos herramientas para monitorear en tiempo real lo que hace un dron, igual que con otras tecnologías. Hay que aprovechar eso”, señaló.

Además, consideró que una regulación adecuada podría ampliar el uso de drones en áreas donde hoy la aplicación aérea es más cuestionada, en parte por la percepción social.

Un cambio que llegó para quedarse

Con escenarios productivos cada vez más complejos —marcados por excesos hídricos y suelos frágiles—, los drones aparecen como una alternativa flexible y eficiente.

“Hoy independizarse del suelo es clave. Con los problemas de piso que hay en muchas zonas, esta herramienta va a ser muy utilizada”, concluyó Frola.

La revolución ya está en marcha. El desafío ahora no es solo tecnológico, sino también formativo y normativo. Porque en el agro del futuro, no alcanza con volar: hay que saber aplicar.

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